EL GENERAL JOSÉ DE SAN MARTÍN
Proclamó
la independencia del Perú el 28 de julio de 1821 en la Plaza de Armas de Lima.
Dijo así y sus palabras resuenan todavía: “El Perú es, desde este momento,
libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia
de su causa que Dios defiende”. En la iniciación de su frase, al hablar de “el
Perú”, se refirió específicamente a un país de rica solera histórica que hasta
entonces había existido, cualesquiera que fuesen sus características propias,
solo como parte de la vasta comunidad hispanoamericana. Las palabras que
siguieron -”es libre e independiente”- simbolizaron la nueva forma que desde
ese instante revestía, el salto audaz que emprendía “desde este momento”. Y ¿en
virtud de qué fundamento o razón se producía dicha metamorfosis? En primer
lugar, en nombre del principio de “la voluntad general de los pueblos”, o sea
de la libre determinación de los peruanos conscientes. Y ese acto soberano se
efectuaba porque ellos creían en la “justicia de su causa”, es decir, aspiraban
a una vida mejor de la que habían llevado hasta entonces, buscaban un
ordenamiento más equitativo, más digno, más auténtica mente estable. He aquí,
pues, una declaración con raíz y con alas. San Martín se vuelve hacia el pasado
y encuentra en él la raigambre de la realidad humana y territorial llamada, no
obstante, sus múltiples desintegraciones, Perú. El segundo se dirige hacia el
futuro y formula la promesa inmensa de la justicia y de la libertad. A esta
colectividad que era un viejo conglomerado histórico-geográfico, la unge con
los lozanos atributos filosófico-políticos de la soberanía. Afirma, así, al
mismo tiempo, los vínculos de la tradición y los del destino nacionales. (En
sus solemnes palabras hace también una invocación de Dios, es decir, consagra
creencias y principios precisamente sembrados por España, manteniendo el
patrimonio cultural y espiritual representado, no solo por el idioma, sino
también por la religión cristiana). Los elementos histórico-geográficos
encarnan un principio de continuidad y el elemento filosófico-político
representa un principio de transformación. Los primeros están moldeados dentro
de las circunscripciones coloniales que la República acepta y hereda, y vienen
a ser el marco dentro del cual se vuelca la voluntad colectiva, escenario del
instrumento para su aspiración hacia una vida mejor. El segundo tiene su
expresión no únicamente en las actas de los Cabildos, sino, además, en el
vocerío de los “Cabildos abiertos”, en los textos de las Constituciones o de
las leyes orgánicas y en las actitudes de los precursores, de los próceres, de
los tribunos, de los héroes y de la multitud. La historia del Perú
independiente no empieza en la expedición de San Martín, sino mucho antes; pero
la historia de la República del Perú, de la que este libro pretende ofrecer un
resumen provisional y sumario, se abre poco más de un año después de la
ceremonia del 28 de julio de 1821, al instalarse el primer Congreso
Constituyente. Con objetivo de por sí tan vasto y complejo por delante, no va a
ser examinado aquí el período de la Emancipación como proceso de separación de
la metrópoli española o como estudio de campañas militares y de batallas. Quien
se interese por los sucesos de política interna inmediatamente anteriores al
primer Congreso Constituyente, en especial por las polémicas entre republicanos
y monárquicos, puede consultar la obra de juventud del autor, titulada La
Iniciación de la República.
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