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    sábado, 25 de noviembre de 2023

    Llegada de Bolívar al Perú

    LLEGADA DE BOLÍVAR AL PERÚ

    Desde los días de San Martín gravitaba sobre el destino de la independencia peruana la figura de Simón Bolívar. San Martín se retiró, pero Riva-Agüero quiso ver un obstáculo a ese avance. Bolívar -dice Bulnes- era un convidado de piedra que había tomado asiento en la mesa de Riva-Agüero. El Perú tenía en sus manos una balanza descontrapesada; de un lado Riva-Agüero y de otro lado Bolívar. La presidencia de Riva-Agüero es, por eso, una lucha contra él y esa sombra que se proyectaba sobre América desde la cima de los Andes: un verdadero combate por la existencia de parte de Riva-Agüero. Una comisión del Congreso, compuesta por el tribuno Sánchez Carrión y el poeta Olmedo, había ido a Colombia, como se ha visto, a llamar a Bolívar. Varias veces han sido reproducidas las palabras de una carta de este a Mosquera que citó Sirnón Rodríguez en el opúsculo El Libertador del Mediodía de América y sus compañeros de armas por un amigo de la causa social (Arequipa, 1830). Dicen así: “Es preciso trabajar porque no se establezca nada en el país y el modo más seguro es dividirlos a todos. La medida adoptada por Sucre de nombrar a Torre Tagle embarcando a RivaAgüero con los diputados y ofrecer a este el apoyo de la división de Colombia para que disuelva el Congreso, es excelente. Es preciso que no exista ni simulacro de gobierno y eso se consigue multiplicando el número de mandatarios y poniéndolos todos en oposición. A mi llegada, el Perú debe ser un campo rozado para que yo pueda hacer en él lo que convenga”. Rodríguez, el maestro del Libertador, parece considerar que este papel fue auténtico y lo disculpa aduciendo que había que poner orden allí donde solo reinaba el caos. Las colecciones de documentos de Bolívar que pudieran llamarse oficiales no lo incluyen. No es posible comprobar si se trata de una superchería acogida y amparada por Rodríguez, o de un desahogo virulento. Algo de lo afirmado allí, por lo menos, es inexacto, pues Sucre no ofreció sus tropas a Riva-Agüero para que disolviera al Congreso. En todo caso, la situación del Perú en ese momento era muy grave y, según muchos, desesperada; y presentarse voluntariamente a hacerse cargo de ella, pese a sus tremendas complicaciones y a sus evidentes peligros, constituye uno de los actos más notables en la vida genial de Bolívar.

    El 1.º de setiembre de 1823 llegó al Callao el bergantín Chimborazo que lo conducía. Fue recibido entre aclamaciones en el puerto. La noticia de su llegada hizo que afluyeran a la capital numerosos forasteros y que los comestibles llegaran hasta el doble del precio por ellos habitualmente cobrados. Calles, plazas y casas fueron adornadas. Tagle y sus ministros acudieron al Callao a caballo y sirvieron de escolta al ilustre viajero. Cerca de la portada formaron las tropas. Las descargas de artillería, el clamoreo de las campanas, las aclamaciones entusiastas lo acompañaron al cruzar las calles hasta llegar a la casa que se le había preparado, situada en la esquina de San José y Aparicio. Los banquetes y los brindis solemnizaron aún más tan importante acontecimiento, como queriendo borrar las desilusiones y los padecimientos del pasado y las angustias y las incertidumbres del presente. El 2 de setiembre el Congreso autorizó a Bolívar para que terminase las ocurrencias provenientes de la continuación del gobierno de Riva-Agüero, después de su destitución y de la disolución de la Representación nacional; y le confirió todas las facultades necesarias para el cabal cumplimiento de este encargo. No faltaban los que albergaran temores y suspicacias y hasta se cuenta que a quienes habían ido a felicitarle en nombre de la Asamblea legislativa les respondió: “Todo está corrompido, yo voy a arreglarlo todo, incluso los diputados”. De otro lado, las circunstancias eran muy críticas y la propaganda favorable al Libertador muy activa. Fue entonces cuando se imprimió con tinta roja el discurso al Congreso de Cúcuta, en el que expresara su sumisión a la ley y sus deseos de tener como el mejor de sus títulos el de buen ciudadano; así como el elogio de Mr. Souy en el que lo comparaba con Washington. Pero el mejor propagandista de Bolívar era él mismo, con la magia de su elocuencia deslumbrante y con sus rasgos reiterados de desinterés, nobleza y elevación cívica. En un banquete en Palacio, después de los brindis que le ofrendaron Tagle, Figuerola, Unanue, Berindoaga, Guido, O’Higgins y el plenipotenciario colombiano Joaquín Mosquera, brindó, a su vez, el Libertador: “1° por el buen genio de América que trajo al general San Martín con su ejército libertador desde los márgenes del Río de la Plata hasta las playas del Perú; por el general O’Higgins que generosamente lo envió desde Chile; por el Congreso del Perú que ha reasumido de nuevo los soberanos derechos del pueblo y ha nombrado espontánea y sabiamente al general Torre Tagle de presidente del Estado; y porque a mi vista los ejércitos aliados triunfen para siempre de los opresores del Perú; 2° por el campo que reúna las banderas de la Plata, Colombia y Castilla y sea testigo de la victoria de los americanos o los sepulte a todos; 3° porque los pueblos americanos no consientan jamás elevar un trono en todo su territorio; que así como Napoleón fue sumergido en la inmensidad del océano y el nuevo emperador Iturbide derrocado del trono de México, caigan los usurpadores de los derechos del pueblo americano sin que uno solo quede triunfante en toda la dilatada extensión del Nuevo Mundo”. En el Congreso declaró: “Cuento también con los talentos y virtudes de todos los peruanos prontos a elevar el edificio de su hermosa República: ellos han puesto en las aras de la patria todas sus ofrendas: no les queda más que su corazón; pero este corazón es para mí el paladín de su libertad. Los soldados libertadores que han venido desde la Plata, el Maule o el Orinoco no volverán a su patria, sino cubiertos de laureles, llevando por trofeos los pendones de Castilla. Vencerán y dejarán libre al Perú o todos morirán, señor, yo os lo prometo”. Figuerola, presidente del Congreso, le contestó con un discurso cuyas últimas frases fueron: “El presidente del Congreso únicamente os dice Patria, Patria, vos obrad según las emociones de vuestro corazón al escuchar este nombre divino”. Y Bolívar expresó entonces: “Yo ofrezco la victoria confiada en el valor del ejército unido y en la buena fe del Congreso, Poder Ejecutivo y pueblo peruano; así el Perú quedará independiente y soberano para todos los siglos de existencia que la Providencia divina le señale”. Pedemonte exclamó: “Si el inmortal Simón Bolívar nos engaña, renunciemos para siempre el tratar con los hombres”. El día 3 dirigió el Libertador una comunicación al Congreso y allí expresó que había renunciado para siempre al poder civil que no tuviera conexión con las operaciones militares. “He conservado (agregaba) aquella parte del gobierno que contribuye, como el cañón, a la destrucción de nuestros enemigos”. Terminaba ofreciendo al Congreso su activa cooperación, limitada “al empleo de mi espada”. El Congreso le confirió la autoridad militar y política en todo el territorio de la República, con gran amplitud de poderes, bajo la denominación de Libertador. El presidente Tagle debía ponerse de acuerdo con Bolívar en todos los casos que fuesen de su atribución natural y que no estuvieren en oposición con las facultades otorgadas al Libertador (10 de setiembre de 1823). Firmaron el dictamen correspondiente, Justo Figuerola, Nicolás de Aranívar, Hipólito Unanue y Carlos Pedemonte, si bien la primera iniciativa al respecto partió de Sánchez Carrión, al dar cuenta de su comisión. En su manifiesto de 1824, Tagle dice que Sánchez Carrión le instó entonces “fuertemente” para que dejara la Presidencia, a lo que no accedió. Como vana compensación por la merma que había hecho en su jerarquía, el Congreso acordó dar a Tagle una medalla con el nombre de “Restaurador de la representación soberana”

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