LLEGADA DE BOLÍVAR AL PERÚ
Desde
los días de San Martín gravitaba sobre el destino de la independencia peruana
la figura de Simón Bolívar. San Martín se retiró, pero Riva-Agüero quiso ver un
obstáculo a ese avance. Bolívar -dice Bulnes- era un convidado de piedra que
había tomado asiento en la mesa de Riva-Agüero. El Perú tenía en sus manos una
balanza descontrapesada; de un lado Riva-Agüero y de otro lado Bolívar. La
presidencia de Riva-Agüero es, por eso, una lucha contra él y esa sombra que se
proyectaba sobre América desde la cima de los Andes: un verdadero combate por
la existencia de parte de Riva-Agüero. Una comisión del Congreso, compuesta por
el tribuno Sánchez Carrión y el poeta Olmedo, había ido a Colombia, como se ha
visto, a llamar a Bolívar. Varias veces han sido reproducidas las palabras de
una carta de este a Mosquera que citó Sirnón Rodríguez en el opúsculo El
Libertador del Mediodía de América y sus compañeros de armas por un amigo de la
causa social (Arequipa, 1830). Dicen así: “Es preciso trabajar porque no se
establezca nada en el país y el modo más seguro es dividirlos a todos. La
medida adoptada por Sucre de nombrar a Torre Tagle embarcando a RivaAgüero con
los diputados y ofrecer a este el apoyo de la división de Colombia para que
disuelva el Congreso, es excelente. Es preciso que no exista ni simulacro de
gobierno y eso se consigue multiplicando el número de mandatarios y poniéndolos
todos en oposición. A mi llegada, el Perú debe ser un campo rozado para que yo
pueda hacer en él lo que convenga”. Rodríguez, el maestro del Libertador,
parece considerar que este papel fue auténtico y lo disculpa aduciendo que
había que poner orden allí donde solo reinaba el caos. Las colecciones de
documentos de Bolívar que pudieran llamarse oficiales no lo incluyen. No es
posible comprobar si se trata de una superchería acogida y amparada por
Rodríguez, o de un desahogo virulento. Algo de lo afirmado allí, por lo menos,
es inexacto, pues Sucre no ofreció sus tropas a Riva-Agüero para que disolviera
al Congreso. En todo caso, la situación del Perú en ese momento era muy grave
y, según muchos, desesperada; y presentarse voluntariamente a hacerse cargo de
ella, pese a sus tremendas complicaciones y a sus evidentes peligros, constituye
uno de los actos más notables en la vida genial de Bolívar.
El
1.º de setiembre de 1823 llegó al Callao el bergantín Chimborazo que lo
conducía. Fue recibido entre aclamaciones en el puerto. La noticia de su
llegada hizo que afluyeran a la capital numerosos forasteros y que los
comestibles llegaran hasta el doble del precio por ellos habitualmente
cobrados. Calles, plazas y casas fueron adornadas. Tagle y sus ministros
acudieron al Callao a caballo y sirvieron de escolta al ilustre viajero. Cerca
de la portada formaron las tropas. Las descargas de artillería, el clamoreo de
las campanas, las aclamaciones entusiastas lo acompañaron al cruzar las calles
hasta llegar a la casa que se le había preparado, situada en la esquina de San
José y Aparicio. Los banquetes y los brindis solemnizaron aún más tan
importante acontecimiento, como queriendo borrar las desilusiones y los
padecimientos del pasado y las angustias y las incertidumbres del presente. El
2 de setiembre el Congreso autorizó a Bolívar para que terminase las
ocurrencias provenientes de la continuación del gobierno de Riva-Agüero,
después de su destitución y de la disolución de la Representación nacional; y
le confirió todas las facultades necesarias para el cabal cumplimiento de este
encargo. No faltaban los que albergaran temores y suspicacias y hasta se cuenta
que a quienes habían ido a felicitarle en nombre de la Asamblea legislativa les
respondió: “Todo está corrompido, yo voy a arreglarlo todo, incluso los
diputados”. De otro lado, las circunstancias eran muy críticas y la propaganda
favorable al Libertador muy activa. Fue entonces cuando se imprimió con tinta
roja el discurso al Congreso de Cúcuta, en el que expresara su sumisión a la
ley y sus deseos de tener como el mejor de sus títulos el de buen ciudadano;
así como el elogio de Mr. Souy en el que lo comparaba con Washington. Pero el
mejor propagandista de Bolívar era él mismo, con la magia de su elocuencia
deslumbrante y con sus rasgos reiterados de desinterés, nobleza y elevación
cívica. En un banquete en Palacio, después de los brindis que le ofrendaron
Tagle, Figuerola, Unanue, Berindoaga, Guido, O’Higgins y el plenipotenciario colombiano
Joaquín Mosquera, brindó, a su vez, el Libertador: “1° por el buen genio de
América que trajo al general San Martín con su ejército libertador desde los
márgenes del Río de la Plata hasta las playas del Perú; por el general
O’Higgins que generosamente lo envió desde Chile; por el Congreso del Perú que
ha reasumido de nuevo los soberanos derechos del pueblo y ha nombrado
espontánea y sabiamente al general Torre Tagle de presidente del Estado; y
porque a mi vista los ejércitos aliados triunfen para siempre de los opresores
del Perú; 2° por el campo que reúna las banderas de la Plata, Colombia y Castilla
y sea testigo de la victoria de los americanos o los sepulte a todos; 3° porque
los pueblos americanos no consientan jamás elevar un trono en todo su territorio;
que así como Napoleón fue sumergido en la inmensidad del océano y el nuevo
emperador Iturbide derrocado del trono de México, caigan los usurpadores de los
derechos del pueblo americano sin que uno solo quede triunfante en toda la
dilatada extensión del Nuevo Mundo”. En el Congreso declaró: “Cuento también
con los talentos y virtudes de todos los peruanos prontos a elevar el edificio
de su hermosa República: ellos han puesto en las aras de la patria todas sus
ofrendas: no les queda más que su corazón; pero este corazón es para mí el
paladín de su libertad. Los soldados libertadores que han venido desde la Plata, el Maule o el Orinoco no volverán a su patria, sino cubiertos de
laureles, llevando por trofeos los pendones de Castilla. Vencerán y dejarán libre
al Perú o todos morirán, señor, yo os lo prometo”. Figuerola, presidente del
Congreso, le contestó con un discurso cuyas últimas frases fueron: “El presidente
del Congreso únicamente os dice Patria, Patria, vos obrad según las emociones
de vuestro corazón al escuchar este nombre divino”. Y Bolívar expresó entonces:
“Yo ofrezco la victoria confiada en el valor del ejército unido y en la buena
fe del Congreso, Poder Ejecutivo y pueblo peruano; así el Perú quedará
independiente y soberano para todos los siglos de existencia que la Providencia
divina le señale”. Pedemonte exclamó: “Si el inmortal Simón Bolívar nos engaña,
renunciemos para siempre el tratar con los hombres”. El día 3 dirigió el
Libertador una comunicación al Congreso y allí expresó que había renunciado
para siempre al poder civil que no tuviera conexión con las operaciones
militares. “He conservado (agregaba) aquella parte del gobierno que contribuye,
como el cañón, a la destrucción de nuestros enemigos”. Terminaba ofreciendo al
Congreso su activa cooperación, limitada “al empleo de mi espada”. El Congreso
le confirió la autoridad militar y política en todo el territorio de la
República, con gran amplitud de poderes, bajo la denominación de Libertador. El
presidente Tagle debía ponerse de acuerdo con Bolívar en todos los casos que
fuesen de su atribución natural y que no estuvieren en oposición con las
facultades otorgadas al Libertador (10 de setiembre de 1823). Firmaron el
dictamen correspondiente, Justo Figuerola, Nicolás de Aranívar, Hipólito Unanue
y Carlos Pedemonte, si bien la primera iniciativa al respecto partió de Sánchez
Carrión, al dar cuenta de su comisión. En su manifiesto de 1824, Tagle dice que
Sánchez Carrión le instó entonces “fuertemente” para que dejara la Presidencia,
a lo que no accedió. Como vana compensación por la merma que había hecho en su
jerarquía, el Congreso acordó dar a Tagle una medalla con el nombre de
“Restaurador de la representación soberana”
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