EL SIGNIFICADO DE LA RETIRADA DE SAN MARTÍN
Historiadores
peruanos, que representan una posición extrema, han censurado a San Martín que
no estimulara el sentimiento nacional, poniendo a la cabeza del gobierno a
algún personaje del país. Por lo contrario, historiadores chilenos lo han
criticado más acerbamente aún porque se ocupó de modelar el Estado peruano
cuando, según ellos, lo que debió hacer fue permanecer como generalísimo de mar
y tierra sin fomentar un nacionalismo peligroso. Ambos juicios resultan así
neutralizándose. Si San Martín, dentro de las peculiares características del
Perú de 1821, se pone a buscar un caudillo, no hubiera podido encontrar sino a
un jefe de facción. Por otra parte, no podía recortar su tarea, limitándola al
ejercicio del cargo, que se le quiere conferir, en forma póstuma, de comandante
de unas tropas de ocupación. El Protectorado aparece así como una fórmula
intermedia, necesariamente transitoria. A pesar de su voluntario carácter
interino, miró al futuro mientras intentaba respetar el pasado en lo que creía
que podía ser conservado, o en lo que le parecía posible que lo fuera, y trató
de nacionalizarlo para evitar que el salto brusco del coloniaje a la
emancipación suscitase en los primeros momentos dificultades innecesarias. San
Martín tuvo, por cierto, errores, actos fallidos, esfuerzos truncos. El
inventario de ellos resulta mezquino u ocioso ante la visión de conjunto,
dentro de una amplia perspectiva histórica. Esto es particularmente aplicable
al juicio sobre los aspectos ideológicos y militares del Protectorado. En
cuanto a la fase ideológica, el debate acerca de los planes monárquicos se
queda dentro de la historia de las intenciones no maduradas en la realidad. San
Martín personalmente creía que, como dijo en una famosa carta de O’Higgins, las
leyes que gobernaran en América debieran ser las que fuesen apropiadas a su
carácter y aborrecía tanto a la anarquía como al despotismo. Pensó
honestamente, sin buscar provecho para sí, que esa fórmula intermedia estaba en
la monarquía constitucional. En ello se equivocó; pero, en relación con la
historia del Perú, lo positivo, lo verdaderamente sanmartiniano es el respeto
al principio de la voluntad popular: la convocatoria al Congreso Constituyente,
la elección libre de los diputados de este Congreso y las garantías que gozaron
ellos al reunirse. Por eso tienen tanta importancia las palabras de San Martín
al marino inglés Basil Hall: “No aspiro a la fama de conquistador del Perú.
¿Qué haría yo en Lima si sus habitantes me fuesen contrarios? No quiero dar un
paso más allá de donde vaya la opinión pública. La opinión pública es un nuevo
resorte introducido en los asuntos de estos países: los españoles, incapaces de
dirigirla, la han comprimido. Ha llegado el día en que va a manifestar su
fuerza y su importancia”.
Estos
conceptos valen para explicar tanto la campaña de Lima como la convocatoria al
Congreso Constituyente y para explicar, también, en parte, la dimisión de San
Martín. Sin este último gesto, el más discutido, San Martín, no sería San
Martín, y se pierde el tiempo cuando se especula sobre lo que pudo haber hecho
en 1822 o en 1823, cuando su grandeza radica en lo que hizo desde la primera
época de la revolución americana y en las consecuencias que eso tuvo para el
destino del continente en todas sus áreas y regiones. Y, a pesar de todo, y sin
que ello sea rebajar el genio de Bolívar, 1824 no puede ser comprendido en el
Perú sin 1821, Y para probarlo basta solo un recuerdo: todo el equipo de jefes
y oficiales peruanos que actuó en Junín y Ayacucho provenía de los días de San
Martín: La Mar, Gamarra, Santa Cruz, Salaverry, Castilla, Vivanco y tantos
otros, incluyendo algunos argentinos tan importantes como Suárez y Necochea.
Después de la retirada del Perú vino la expatriación. Y con ella estuvieron el
abandono, la calumnia y el olvido. La bajeza, sobre todo, amargó a San Martín.
“Es necesario tener toda la filosofía de Séneca o la imprudencia de un malvado
para ser indiferente a la calumnia”, escribió, en carta de 27 de abril de 1829,
a Guido. Pero quizá ningún documento ilustra mejor acerca de la magnitud de su
sacrificio, como la carta al presidente peruano Castilla, fechada el 11 de
setiembre de 1848, en la que confiesa lo doloroso que fue para él resolverse a
abandonar el Perú sin ver definitivamente afianzada la independencia y verse
obligado a guardar un silencio absoluto sobre las verdaderas causas que le
hicieron tomar esta actitud. El de San Martín es, pues, uno de los más
emocionantes casos de la capacidad humana para absorber la soledad. He aquí a
un libertador de dos países, a uno de los militares grandes, a un hombre
superior, al hijo de un continente que tiene fama de locuaz y atolondrado,
viviendo en voluntario retiro de veintiocho años después de su postrera
actuación pública, confiando en el fallo de la propia conciencia y en el fallo
de la posteridad, ya que, como alguna vez dijera a Guido, “lo general de los
hombres juzga de lo pasado según la verdadera justicia y de lo presente según
sus intereses”. Para una generación como la nuestra, que ha aprendido a creer
en todo el mundo y en tantos órdenes de la vida, que la prisa es una necesidad,
lo utilitario una virtud, la figuración un sinónimo del valer, el grito y el
anuncio una fuerza más importante que la razón, puede ser muy útil reflexionar
lo que significa la aptitud para saber ser un hombre libre, un individuo capaz
de decidir por sí mismo, de acuerdo con las más altas normas éticas, cuándo es
un deber actuar, llevando entonces esa acción hasta sus últimas consecuencias,
y cuándo es un deber no actuar, aunque en ese caso sea menester aceptar los más
dolorosos renunciamientos. Fue sencillamente eso, ni más ni menos, lo que San
Martín hizo. Implica el suyo un bello ejemplo de cómo en esa cosa llena de
fango y de luz que es la vida, en la que tan pocas son las recetas infalibles,
acaso lo único verdaderamente reconfortante es que el ser humano, a pesar de
todas las pruebas, pueda ser capaz de conservar su lucidez y su dignidad. La
confusión, la algarabía, el gregarismo, la arbitrariedad, parecen originarse en
un curioso fenómeno de atolondramiento o de confusión. Y tal vez la más
profunda lección de San Martín para nuestro tiempo, fuera de América y en
América, sea precisamente una lección de serenidad. De serenidad entendida como
algo muy distinto de la calma, el reposo o la tranquilidad, porque emerge del
dolor, de la cólera o de la incertidumbre, para dominarlas a la luz de la
conciencia de estar procediendo bien. El más alto sentido de lo heroico en el
mundo actual, es el del heroísmo sereno. No hay que buscar hoy al héroe más
notable, como en épocas lejanas, en el aventurero que se lanza a los mares
lejanos o a las tierras ignotas, sino en el hombre a solas, frente a las sectas,
frente a los dogmas y frente a los despotismos. Lo que más urgentemente
necesitamos todos es no desmoralizamos. La más insidiosa tentación ahora es la
tentación de la cobardía frente a la mentira, frente a la falsificación de
valores, frente al mercado negro en lo espiritual. Lo peor que puede pasarle a
la generación nueva en el mundo es la prostitución. Y San Martín,
independientemente de sus errores y deficiencias, que no corresponde a este
libro enjuiciar, encarna el heroísmo sereno del hombre a solas que no se
prostituye.
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