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    viernes, 24 de noviembre de 2023

    El significado de la retirada de San Martín

     EL SIGNIFICADO DE LA RETIRADA DE SAN MARTÍN

    Historiadores peruanos, que representan una posición extrema, han censurado a San Martín que no estimulara el sentimiento nacional, poniendo a la cabeza del gobierno a algún personaje del país. Por lo contrario, historiadores chilenos lo han criticado más acerbamente aún porque se ocupó de modelar el Estado peruano cuando, según ellos, lo que debió hacer fue permanecer como generalísimo de mar y tierra sin fomentar un nacionalismo peligroso. Ambos juicios resultan así neutralizándose. Si San Martín, dentro de las peculiares características del Perú de 1821, se pone a buscar un caudillo, no hubiera podido encontrar sino a un jefe de facción. Por otra parte, no podía recortar su tarea, limitándola al ejercicio del cargo, que se le quiere conferir, en forma póstuma, de comandante de unas tropas de ocupación. El Protectorado aparece así como una fórmula intermedia, necesariamente transitoria. A pesar de su voluntario carácter interino, miró al futuro mientras intentaba respetar el pasado en lo que creía que podía ser conservado, o en lo que le parecía posible que lo fuera, y trató de nacionalizarlo para evitar que el salto brusco del coloniaje a la emancipación suscitase en los primeros momentos dificultades innecesarias. San Martín tuvo, por cierto, errores, actos fallidos, esfuerzos truncos. El inventario de ellos resulta mezquino u ocioso ante la visión de conjunto, dentro de una amplia perspectiva histórica. Esto es particularmente aplicable al juicio sobre los aspectos ideológicos y militares del Protectorado. En cuanto a la fase ideológica, el debate acerca de los planes monárquicos se queda dentro de la historia de las intenciones no maduradas en la realidad. San Martín personalmente creía que, como dijo en una famosa carta de O’Higgins, las leyes que gobernaran en América debieran ser las que fuesen apropiadas a su carácter y aborrecía tanto a la anarquía como al despotismo. Pensó honestamente, sin buscar provecho para sí, que esa fórmula intermedia estaba en la monarquía constitucional. En ello se equivocó; pero, en relación con la historia del Perú, lo positivo, lo verdaderamente sanmartiniano es el respeto al principio de la voluntad popular: la convocatoria al Congreso Constituyente, la elección libre de los diputados de este Congreso y las garantías que gozaron ellos al reunirse. Por eso tienen tanta importancia las palabras de San Martín al marino inglés Basil Hall: “No aspiro a la fama de conquistador del Perú. ¿Qué haría yo en Lima si sus habitantes me fuesen contrarios? No quiero dar un paso más allá de donde vaya la opinión pública. La opinión pública es un nuevo resorte introducido en los asuntos de estos países: los españoles, incapaces de dirigirla, la han comprimido. Ha llegado el día en que va a manifestar su fuerza y su importancia”.

    Estos conceptos valen para explicar tanto la campaña de Lima como la convocatoria al Congreso Constituyente y para explicar, también, en parte, la dimisión de San Martín. Sin este último gesto, el más discutido, San Martín, no sería San Martín, y se pierde el tiempo cuando se especula sobre lo que pudo haber hecho en 1822 o en 1823, cuando su grandeza radica en lo que hizo desde la primera época de la revolución americana y en las consecuencias que eso tuvo para el destino del continente en todas sus áreas y regiones. Y, a pesar de todo, y sin que ello sea rebajar el genio de Bolívar, 1824 no puede ser comprendido en el Perú sin 1821, Y para probarlo basta solo un recuerdo: todo el equipo de jefes y oficiales peruanos que actuó en Junín y Ayacucho provenía de los días de San Martín: La Mar, Gamarra, Santa Cruz, Salaverry, Castilla, Vivanco y tantos otros, incluyendo algunos argentinos tan importantes como Suárez y Necochea. Después de la retirada del Perú vino la expatriación. Y con ella estuvieron el abandono, la calumnia y el olvido. La bajeza, sobre todo, amargó a San Martín. “Es necesario tener toda la filosofía de Séneca o la imprudencia de un malvado para ser indiferente a la calumnia”, escribió, en carta de 27 de abril de 1829, a Guido. Pero quizá ningún documento ilustra mejor acerca de la magnitud de su sacrificio, como la carta al presidente peruano Castilla, fechada el 11 de setiembre de 1848, en la que confiesa lo doloroso que fue para él resolverse a abandonar el Perú sin ver definitivamente afianzada la independencia y verse obligado a guardar un silencio absoluto sobre las verdaderas causas que le hicieron tomar esta actitud. El de San Martín es, pues, uno de los más emocionantes casos de la capacidad humana para absorber la soledad. He aquí a un libertador de dos países, a uno de los militares grandes, a un hombre superior, al hijo de un continente que tiene fama de locuaz y atolondrado, viviendo en voluntario retiro de veintiocho años después de su postrera actuación pública, confiando en el fallo de la propia conciencia y en el fallo de la posteridad, ya que, como alguna vez dijera a Guido, “lo general de los hombres juzga de lo pasado según la verdadera justicia y de lo presente según sus intereses”. Para una generación como la nuestra, que ha aprendido a creer en todo el mundo y en tantos órdenes de la vida, que la prisa es una necesidad, lo utilitario una virtud, la figuración un sinónimo del valer, el grito y el anuncio una fuerza más importante que la razón, puede ser muy útil reflexionar lo que significa la aptitud para saber ser un hombre libre, un individuo capaz de decidir por sí mismo, de acuerdo con las más altas normas éticas, cuándo es un deber actuar, llevando entonces esa acción hasta sus últimas consecuencias, y cuándo es un deber no actuar, aunque en ese caso sea menester aceptar los más dolorosos renunciamientos. Fue sencillamente eso, ni más ni menos, lo que San Martín hizo. Implica el suyo un bello ejemplo de cómo en esa cosa llena de fango y de luz que es la vida, en la que tan pocas son las recetas infalibles, acaso lo único verdaderamente reconfortante es que el ser humano, a pesar de todas las pruebas, pueda ser capaz de conservar su lucidez y su dignidad. La confusión, la algarabía, el gregarismo, la arbitrariedad, parecen originarse en un curioso fenómeno de atolondramiento o de confusión. Y tal vez la más profunda lección de San Martín para nuestro tiempo, fuera de América y en América, sea precisamente una lección de serenidad. De serenidad entendida como algo muy distinto de la calma, el reposo o la tranquilidad, porque emerge del dolor, de la cólera o de la incertidumbre, para dominarlas a la luz de la conciencia de estar procediendo bien. El más alto sentido de lo heroico en el mundo actual, es el del heroísmo sereno. No hay que buscar hoy al héroe más notable, como en épocas lejanas, en el aventurero que se lanza a los mares lejanos o a las tierras ignotas, sino en el hombre a solas, frente a las sectas, frente a los dogmas y frente a los despotismos. Lo que más urgentemente necesitamos todos es no desmoralizamos. La más insidiosa tentación ahora es la tentación de la cobardía frente a la mentira, frente a la falsificación de valores, frente al mercado negro en lo espiritual. Lo peor que puede pasarle a la generación nueva en el mundo es la prostitución. Y San Martín, independientemente de sus errores y deficiencias, que no corresponde a este libro enjuiciar, encarna el heroísmo sereno del hombre a solas que no se prostituye.

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