EL DEBATE ALREDEDOR DE RIVA-AGÜERO
En
la Exposición acerca de su conducta pública en el tiempo en que ejerció la
Presidencia de la República del Perú, publicada en Londres en 1824, en la
memoria al Congreso del Perú, editada en Santiago de Chile en 1829, así como en
otros escritos, Riva-Agüero se defendió de las acusaciones lanzadas sobre él
con motivo de sus tratos con el Virrey. Según afirmó, si hubiera querido simple
y llanamente unirse a los españoles, no habría necesitado sino un fácil
desplazamiento de tropas. Para explicar su actitud, menciona el peligro que
corría el Perú por la desorganización existente, tanto más cuanto que la
llegada de diputados españoles para celebrar la paz en Buenos Aires y México,
hacía temer que se concentraran todos los esfuerzos de la metrópoli en la recuperación
total de aquel país. Invoca el hecho de las negociaciones análogas que llevó a
cabo más tarde Bolívar para ganar tiempo; y aduce que aun suponiendo el fracaso
de las que él, Riva-Agüero, iniciara, el armisticio habría salvado al ejército
que encontrábase entonces en el Sur, en la segunda campaña de Intermedios. Y en
todo caso, en cuanto al texto de sus propuestas, no era otro que el de la
fórmula presentada por San Martín en las conferencias de Punchauca.
Bien
probado está que no se trató de traición, o sea de fuga al campamento del
enemigo, en el caso de Riva-Agüero la independencia del Perú estuvo siempre en
su mente. Lo que le diferenció de Bolívar en un momento crítico fue la
apreciación sobre la manera o modo de alcanzarla, sobre los elementos que
integrarían el Estado independiente (peruanos y colombianos o peruanos y
españoles) y sobre la forma de gobierno. Más tarde, la actitud de Tagle frente
a Bolívar y los sucesos de 1827, revelaron que su posición no quedó aislada.
Pero, política y militarmente, en ese momento, ella era un error. Riva-Agüero
solo tenía tropas dispersas y desorganizadas en un territorio anarquizado por
las diferencias de opiniones, en tanto que el Virrey mandaba un ejército aguerrido
y victorioso. Aun suponiendo que los generales españoles hubieran aceptado el
avenimiento, la Corte de Madrid los habría desautorizado. A causa de esta
íntima certidumbre, su aceptación era muy improbable. San Martín no la había
obtenido en un momento en que la situación de los separatistas era más
halagüeña y en que todavía no se había jurado la independencia. De todos modos,
Bolívar, las tropas colombianas, los peruanos que los rodeaban y los
republicanos en general habrían continuado guerreando tenazmente. En aquel
momento, el cambio de frente implicaba confusión y desorden. Riva-Agüero
apelaba, es cierto, al plan de San Martín; pero en una encrucijada de su vida,
urgido por una situación desesperada y no, como San Martín, con serenidad y
desinterés y cuando ya el Congreso había adoptado solemnemente la forma
republicana de gobierno y le había conferido a él la suprema magistratura del
nuevo Estado con la denominación de presidente. Para explicar, además, la
posición de Riva-Agüero, precisa comprender su actitud ante Bolívar y ante la
intervención colombiana en el Perú. Considerábase Riva-Agüero como el adalid de
la libertad y de la independencia peruana frente a la ocupación extranjera.
Comparaba la situación entonces existente a la de la invasión de España por
Napoleón en 1808, doliéndose de que, en este caso, el país invadido fuese
superior al invasor. Le movían, junto con sentimientos nacionalistas, atávicos
vínculos a la metrópoli, olvidados en horas juveniles, pero nunca extintos.
Sobre su capa de conspirador se había puesto la banda presidencial; pero sin
quitarse la aristocrática casaca de marqués. Su espíritu de casta se conmovía
ante una lucha que no resultaba fácil, sino larga y cruenta; y tras de cuyo
final vislumbrábase que predominarían, si no los extranjeros, en el mejor de
los casos, nacionales indeseables. Además, Riva-Agüero sentía una sensación de
chasco y escamoteo. Él habría sido prohombre de la Revolución peruana si San
Martín no lo hubiera eclipsado, y ahora se sentía desplazado por Bolívar. Como
Satán, no quiso ser tan solo arcángel preferido. Al pecar, fue el suyo el
pecado de Satán, la soberbia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario