REINSTALACIÓN DEL CONGRESO EN LIMA. ELECCIÓN DE TAGLE COMO PRESIDENTE
A
pesar de que en un momento inicial habría escrito a Riva-Agüero para que
volviera a Lima, Tagle accedió a las representaciones de diversos ciudadanos y
convocó en esta ciudad a los trece diputados que habían permanecido en ella y a
otros que recibieron el nombramiento de suplentes y reinstaló el Congreso (6 de
agosto). Lo presidió Carlos Pedemonte. El día 7 de agosto Tagle puso el
cúmplase a las resoluciones legislativas dadas en el Callao, que exoneraban del
gobierno a Riva-Agüero, creaban el poder militar y lo entregaban a Sucre; y, a
su vez, el Congreso ratificó la delegación de este mando hecho por Sucre a
favor de Tagle, y le agregó el mando político. El 8 declaró el Congreso reo de
alta traición a Riva-Agüero y otorgó el mismo calificativo a cuantos jefes y
empleados le prestaran auxilio o reconocieran su autoridad. Los diputados que
habían sido embarcados en la Veloz Trujillana fueron puestos en libertad en
Chancay, donde este barco llegó para tomar lastre yagua. Recibidos en Chancay
con repiques, cohetes, aclamaciones y una misa de gracias, se dirigieron luego
a Lima adonde entraron por la calle de Malambo, acompañados por personajes,
gentío, banderas y música, entre aclamaciones, arcos y luces. En casa de Justo
Figuerola (que sucedió a Pedemonte en la presidencia del Congreso), en el
Cabildo y en el palacio de Tagle recibieron público homenaje como si se tratase
de los vencedores de una batalla decisiva para la independencia del país. En la
sesión parlamentaria del 14, discursos de untuosa retórica narraron los
sufrimientos que habían padecido. Los festejos terminaron con un banquete y una
misa de gracias en la Catedral, a la que concurrieron el Gobierno, los antiguos
y los nuevos diputados, los magistrados de los tribunales y las demás
corporaciones dentro de una rígida fidelidad al decoratismo colonial en medio
del ambiente de republicano atolondramiento. El diputado Justo Figuerola hizo
una exposición sobre los sucesos de Trujillo y el Congreso invitó al presidente
Tagle a oírla. Tagle acudió, con este motivo, al salón de sesiones. El
mandatario flamante y la asamblea resurrecta de la capital entraron en violenta
guerra verbal con el presidente que se aferraba a su cargo en Trujillo. Las
citas de Grecia, Roma, Locke, Montesquieu y San Martín alternaron con los
insultos. Riva-Agüero llamó a los diputados facción usurpadora. “Me avergüenzo
(expresó a Tagle) de que Ud. haya reunido a esos criminales y mendigado de
ellos el mando efímero que hoy usurpa”. Tagle calificó a este oficio como
“papel despreciable en todos sentidos por los fundamentos miserables en que
estriba”. El Congreso lo había proclamado “Padre de la Patria como el más
virtuoso hijo del Perú y su única esperanza”. En cambio, después de haber
declarado a Riva-Agüero reo de alta traición, como ya se ha visto, ordenó que
todos los ciudadanos lo persiguieran y otorgó el título de “benemérito a la
Patria” a quien lo aprehendiese vivo o muerto porque había “tratado de dar el
golpe de muerte al Soberano Congreso, baluarte sagrado de la libertad” (19 de
agosto). Además, se dirigió en un manifiesto a los pueblos del Perú, a la
América entera, y a todo el género humano, para comunicarles solemnemente las
discordias que corroían a la patria cuando todavía no había logrado asegurar su
independencia. Casi al mismo tiempo, eligió presidente de la República a Tagle
“restaurador de los sagrados derechos de los pueblos”. Se hallaba vacante ese
cargo desde la destitución de Riva-Agüero efectuada el 23 de junio (16 de
agosto). Anteriormente, había figurado Tagle como Jefe Supremo, de acuerdo con la
delegación del mando que había hecho en su favor Sucre y que ratificó el
Congreso. Los ministros de Tagle fueron entonces: Juan de Berindoaga (Guerra),
Dionisio Vizcarra (Hacienda) y Francisco Valdivieso (Relaciones Exteriores).
Mientras los españoles seguían teniendo bajo su poder gran parte del país y era
incierto el destino de la guerra de la independencia, el Perú apareció así
dividido entre dos presidentes. Uno de ellos, en Trujillo, se había aferrado al
poder después de haber perdido su título legal por haberlo depuesto la misma
Asamblea que lo nombrara y a la cual él luego disolvió. El otro gobernaba en
Lima después de instalar de nuevo al Congreso que ya había sido humillado por
un motín y se había luego prestado a dar la máxima autoridad a los colombianos,
para escindirse y dispersarse y luego resucitar con unos cuantos de sus
antiguos miembros y otros que entonces a él se incorporaron. La guerra civil
parecía inevitable; pero, con ella o sin ella, el dilema verdadero estaba entre
el mantenimiento del antiguo régimen virreinal, en su forma más reaccionaria, y
la dictadura de Bolívar, con todos los sacrificios que tenía que traer, pero
llevando consigo la única esperanza de triunfo para la causa de la
independencia nacional. El gobierno erigido en la capital contaba apenas con
los dos batallones que formaban entonces la guarnición de ella y del Callao.
Pero, a pesar de esta debilidad bélica y del encono que predominaba en los
ánimos, el Congreso se fue prestigiando y continuó apareciendo, a pesar de sus
taras, como el único representante de la soberanía y la sola fuente de
legitimidad. Formaban parte de él, junto con los diputados ya citados, entre
otros, Toribio Rodríguez de Mendoza, Salazar y Baquíjano, La Mar y también
Unanue y Figuerola, que fugazmente habían pertenecido al Senado de Trujillo. La
firma de Unanue había figurado, por lo menos, en uno de los documentos de esta
entidad. Entre setiembre de 1823 y febrero de 1824 presidieron al Congreso,
Justo Figuerola, Manuel de Arias, Manuel Salazar y Baquíjano, José de La Mar,
Felipe Antonio Alvarado y José María Galdiano. Entre ellos estuvieron, pues,
los tres miembros de la Junta Gubernativa. Riva-Agüero creía contar en el sur
con las fuerzas de Santa Cruz y tenía bajo su influencia a la marina ya los
departamentos de Trujillo y Huaylas, cuyos contingentes acrecentaba con su
actividad, caracterizada por frecuentes viajes a Santa, Huaraz, Huamachuco y
otros lugares. Con fecha 7 de setiembre decretó ascensos en su ejército y
concedió cuatro topos de tierra baldía a sus soldados, seis a los cabos, ocho a
los sargentos y proporcionalmente a los oficiales y jefes; estos donativos
serían perdidos por los desertores. Confiaba, sobre todo, en el ejército de
Santa Cruz, a quien pidió, hasta tres veces, que regresara con los buques de
guerra y con las tropas, salvo que se le hubieran pasado la mitad de los
realistas, en cuyo caso debía enviar tres mil hombres y toda la escuadra. Por
esos días se dirigió también Riva-Agüero a San Martín para solicitarle su
ayuda, y el prócer argentino apareció contestándole (en una carta que algunos
consideran apócrifa) con duras y despectivas palabras. En el Senado de Trujillo
figuraron entonces (según se ve en el acta en la que fue declarada nula la
investidura del supremo poder militar dada a Sucre por el Congreso en el Callao
el 19 de junio y nulas todas las demás resoluciones expedidas anteriormente):
Manuel Pérez de Tudela como presidente, José de la Torre Ugarte como secretario
y, además, Martín de Ostolaza, Tomás Diéguez, Manuel José de Arrunátegui,
Julián Morales, Felipe Cuéllar y Toribio Dávalos. Pérez de Tudela también actuó
como ministro de Riva-Agüero. La defensa periodística del régimen del caudillo
peruano fue hecha no tanto por la Gaceta del Gobierno del Perú hace poco tiempo
reproducida, sino por El Lince del Perú (cuatro números desde el 16 de julio
hasta el 25 de setiembre de 1823).
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