NEGOCIACIONES DE RIVA-AGÜERO CON EL VIRREY Y CON BOLÍVAR
Riva-Agüero,
entre tanto, estaba realizando activas gestiones ante Chile, ante el Virrey y
ante Bolívar. A Chile envió al coronel Juan Manuel Iturregui que entró en
público entredicho con el representante de Tagle, general Juan Salazar. En vano
trató el gobierno de Santiago de cortar este debate. Llegó a reconocer a ambos
regímenes, o sea, al presidente de Lima y al presidente de Trujillo.
Las
negociaciones de Riva-Agüero con el Virrey resultaron facilitadas por las
noticias de haberse firmado una convención preliminar de paz, entre España y el
gobierno de Buenos Aires, dirigido por Rivadavia; y de haberse enviado desde la
metrópoli, dominada entonces por el partido liberal (entre cuyos miembros
estaba el limeño José María de Pando) un comisionado con el mismo propósito a
México. Primeramente, propuso Riva-Agüero a La Serna la celebración de un
armisticio de dieciocho meses mientras se arreglaba en forma definitiva la paz
con España, comprometiéndose a despedir a las tropas auxiliares; en el caso de
que estas o sus jefes se resistiesen, los ejércitos españoles y peruanos las
obligarían por la fuerza a abandonar el país (8 de setiembre). El Virrey,
alentado por los resultados de la campaña del sur que había terminado con la
disolución del ejército patriota y afirmando que no sabía con quién tratar,
pues veía a Tagle de presidente, a Riva-Agüero desposeído de la Presidencia y a
Bolívar con el carácter de dictador, presidente o generalísimo, no creyó
conveniente aceptar estas propuestas; pero indicó su buena disposición para oír
cuantas se le hicieran, si se tenía en consideración la preponderancia de las
armas realistas, la situación particular del ex presidente y el beneficio de
ambos países. Para abrir las negociaciones autorizó al mariscal de campo
Loriga. Esta respuesta cayó en poder de los guerrilleros patriotas y fue
remitida a Bolívar. Por iniciativa de Riva-Agüero, el Senado de Trujillo
remitió una comunicación al Libertador en que le enviaba votos por su felicidad
y se ponía a sus órdenes. “El presidente de la República (decía allí) ha
evitado hasta hoy la disolución de este cuerpo naciente (el Perú) y conjurado
la tempestad, conservando el centro y la unidad con los pueblos y los ejércitos;
y en concepto del Senado ha fenecido la cuestión con la llegada de V. E. a esa
ciudad”. Bolívar, que ya había aceptado el encargo del Congreso para que
terminaran las ocurrencias provenientes de la continuación del gobierno de
Riva-Agüero tras de haber sido destituido por la resolución que luego ratificó
la Asamblea, no obstante haber sido disuelta, escribió al presidente de
Trujillo, el 4 de setiembre, una carta lapidaria. “Yo creo (afirmó) que es ya
inútil entrar en la investigación del origen y causa de la contienda de U. con
el Congreso; y mucho más calificar sus propiedades y carácter. El hecho es que
U. se halla en guerra abierta con la representación nacional de su patria: esta
representación fue convocada por el fundador de su libertad; ella ha sido
reconocida por todas las autoridades y el pueblo peruano; Ud. mismo debió el
nombramiento de su presidencia a la autoridad del Congreso; luego parece fuera
de duda que los escogidos de la nación no pueden ser revocados por ningún
ciudadano, cualquiera que sea su condición, todavía menos por Ud. que fue uno
de los primeros agentes del establecimiento de la representación popular y como
Presidente le ha prestado solemnemente juramento de obediencia” ... “No dude
Ud. (agregaba más adelante) que el suceso de Trujillo es la mancha más negra
que tiene la revolución; y por consiguiente Ud. no debe esperar más que
maldiciones en América y juicios de desaprobación en Europa”. Pero, a pesar de
ello, le ofreció su amistad y su protección y nombró al coronel colombiano
Urdaneta y al doctor José María Galdiano para que buscaran un acuerdo (4 de
setiembre). Ambos comisionados llegaron a Huaraz y se entrevistaron con los
generales rivagüerinos Ramón Herrera y José María Novoa. A nombre del Congreso
y del Libertador, ofrecieron la más honrosa y absoluta amnistía; los generales,
jefes y oficiales conservarían sus grados, empleos y destinos militares; el
general Herrera quedaría con el mando del ejército del norte; Riva-Agüero podía
retirarse a su casa tranquilamente y hallaría en Colombia un generoso asilo si
no deseaba permanecer en el Perú; variadas las circunstancias, estaba expedito
su derecho de volver a su patria con el empleo de Gran Mariscal. Aliado de
estas concesiones, la propuesta exhibía un tono no solo inamistoso sino
agresivo, calificando de “crimen que deshonra a su autor” el empeño de Riva-
Agüero de mantener su autoridad que el régimen legítimo combatía y
considerándolo “inútil, pues no la tolerarán los auxiliares del Perú y menos aún
el gobierno de Colombia que no dará jamás el escandaloso y funesto ejemplo de
proteger disidencias ni de reconocer facciones que se levantan contra el
gobierno”. Herrera y Novoa transmitieron la respuesta de Riva-Agüero. En ella
habló de la falta de representación del Congreso, rechazó la amnistía porque no
se trataba de criminales y dejó comprender que no era papel de los auxiliares impedir
a los peruanos el justo y debido ejercicio de la soberanía. Al mismo tiempo,
Riva-Agüero indicó las bases de avenimiento que más equitativas le parecieron.
Ellas comprendían su dimisión de la Presidencia para siempre; la renuncia a su
grado y condecoraciones; la disolución del Congreso y del gobierno de Tagle; la
elección de un nuevo jefe Supremo y un nuevo Poder Legislativo; garantías para
el ejército y los empleados que seguían obedeciendo al primer presidente
peruano (21 de setiembre). Las negociaciones de Bolívar con Riva-Agüero
continuaron. Este hizo viajar a Lima al coronel Antonio Gutiérrez de la Fuente
con el propósito de solicitar que se ampliasen los poderes de los comisionados
con el fin de proseguir las conferencias en Pativilca, lugar situado a una
conveniente distancia entre Trujillo y la capital. Ya en esta ciudad, se
percató La Fuente de la opinión pública favorable al Congreso, recibió la
seducción de la personalidad genial de Libertador y del señorío de Tagle y supo
que el ejército de Santa Cruz estaba deshecho y que sus restos, la división de
Sucre y los auxiliares de Chile podían formar una nueva fuerza a la que pronto
se unirían nuevos contingentes colombianos. Averiguó también que Riva-Agüero
estaba en tratos con La Serna. Bajo tales impresiones (y recordando, según dijo
en su manifiesto más tarde, que el presidente le había dicho confidencialmente
que era preferible unirse a los españoles que someterse a Bolívar) propuso un
arreglo fuera de las instrucciones que se le había dado. Bolívar aceptó con
algunas modificaciones los doce puntos que la Fuente formuló. Aparecía allí que
RivaAgüero había de reconocer la autoridad del Congreso y la de Tagle y
quedaría con el mando del ejército en su rango de Gran Mariscal, o sería
nombrado en una misión en Europa, siendo válidos todos sus actos y olvidándose
las disensiones (20 de octubre). Riva-Agüero cometió una vez más el error de no
aprovechar la oportunidad que se le deparaba de retirarse de la escena y
prohibió que circulase el proyecto. El Libertador llegó a pedir a Riva-Agüero
que, con motivo de haber regresado Sucre, después de dejar su división en
Pisco, y considerando que estaban próximas a volver a Lima la división chilena
y los restos de la de Santa Cruz, se unieran ambos caudillos para dirigirse al
centro (25 de octubre). La respuesta de Riva-Agüero tuvo carácter dilatorio.
Paralelamente, continuaron las comunicaciones de Riva-Agüero y el Virrey. La que
envió el presidente peruano el 3 de noviembre fue muy lejos. Planteó allí el
establecimiento del reino del Perú, colocando en el trono un príncipe español
designado por el monarca de la antigua metrópoli; se establecía de inmediato
una regencia bajo la presidencia de La Serna y aceptando la Constitución
española. La igualdad de derechos entre españoles y peruanos debía ser una de
las normas básicas del nuevo Estado. El comercio de España tendría carácter
privilegiado por un tratado especial. Reunidos en Pativilca los comisionados de
Bolívar con los de Riva-Agüero, presentaron estos el12 de noviembre nuevas
propuestas para que cesaran ambos gobernantes y el Congreso. Debía nombrarse un
Ejecutivo interino por los diputados, los miembros del Senado y los
representantes de ambos ejércitos y procederse a una nueva elección de
presidente y de diputados por los departamentos libres. Prometía, además,
Riva-Agüero entregar el mando militar a Bolívar y alejarse con una comisión
diplomática en Londres. Pero, a la vez, solicitaba garantías para las tropas
peruanas; el mantenimiento de dichos contingentes reunidos en un cuerpo de
ejército bajo las órdenes de un jefe de este mismo país; la necesidad de justas
causas para llegar a la remoción de sus oficiales y su subrogación por otros
que fueran sus paisanos; la reintegración de las bajas con elementos
nacionales. Podrá parecer para algunos equitativa esta fórmula, pero era
irrealizable en lo que concernía al gobierno del país. Según ella se revocaban
los poderes de los representantes parlamentarios que habían dado legalidad a la
autoridad de Bolívar, desaparecía la dictadura de este que las circunstancias
hacían inevitable; las dos partes eran presentadas como teniendo fuerzas
iguales. Los comisionados de Bolívar declararon que el Congreso hallábase bajo
la protección del Libertador, que había ofrecido perdón a Riva-Agüero y a su
bando, al que llamaba “partido de parricidas”. Pero luego Bolívar ofreció conceder
una entrevista al presidente que residía en Trujillo.
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