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    sábado, 25 de noviembre de 2023

    Discordia entre Riva Aguero y el Congreso

    DISCORDIA ENTRE RIVA AGÜERO Y EL CONGRESO

    Al viajar el ejército peruano al sur no quedaron en Lima, sino tropas auxiliares, entre las que tenían mayor importancia las colombianas, ascendentes entonces a unos cuatro mil hombres. Sucre había llegado al Perú primero como ministro plenipotenciario de Bolívar. Luego se puso a la cabeza de la división auxiliar colombiana. Así, el diplomático y el político tuvieron el apoyo de la fuerza militar, y el hábil guerrero pudo actuar en salones y en antecámaras. Después de su llegada se acentuaron los esfuerzos para que viniera el Libertador. El Congreso adoptó, con la participación de Carlos Pedemonte, Manuel Ferreyros, Francisco Javier Mariátegui y Miguel Otero, el 5 y el 14 de mayo, acuerdos favorables a este viaje como una fórmula de solución para los problemas relacionados con la guerra, es decir, sin otorgar importancia al flamante grado de Mariscal que el mismo Parlamento, movido por otra facción, había conferido a Riva-Agüero. Cuando salieron de Lima las tropas del Perú para iniciar la segunda expedición de Intermedios, Sucre se dirigió a la Asamblea legislativa que tan propicia resultaba para el Libertador, manifestó su gratitud por los decretos del 5 y del 14 de mayo y expresó “que la división auxiliar colombiana ofrece sus armas a la Representación nacional por garantía de su libertad y que se honrará de servirle tan celosa y fielmente como los soldados peruanos”. El Congreso en su respuesta expresó su complacencia ante el hecho de que las tropas auxiliares “miran como propios los intereses del Perú y la consideración e inviolabilidad de sus instituciones, distinguiéndose en garantizar con sus armas la primera de ellas, cual es la Representación nacional como que U.S. sabe muy bien que sin ella no habría libertad ni patria”. La injerencia del colombiano Tomás Heres en la política peruana de entonces, a través de unos artículos en el Correo Mercantil, parece ser apenas uno entre muchos episodios de un mismo plan. Pocos días después del homenaje antes mencionado, el 15 de mayo, Sucre escribía a Bolívar: “El ejército no tiene jefes: el país está tan dividido en partidos como están las tropas de los diferentes Estados que las forman; el Congreso y el Ejecutivo están discordes y esto no puede tener buen resultado; no hay subsistencias para la tropa y las pocas que se adquieren se invierten mal... en fin, mil males asoman para presagiar que todo se desbarata y en un desmoronamiento la división de Colombia será parte de las ruinas”. Y agregaba en la misma carta: “Yo he tratado de que, sea como sea, haya un decreto del cuerpo legislativo solicitando la venida de Ud.” La discordia intestina llegó a tomar caracteres amenazantes. En sesión secreta de 9 de junio, el Congreso tuvo conocimiento de la existencia de una conjura para asesinar o faltar de obra a los diputados Manuel Antonio Colmenares, Manuel Ferreyros, Francisco Javier Mariátegui y Francisco Argote (este último, colombiano de nacimiento) y mandó abrir el proceso correspondiente. Poco se avanzó en él; pero quedó acreditada la existencia de un grupo de personas adictas a Mariano Tramarría y en actitud hostil a aquellos diputados por sus ataques al Gobierno y en especial al ministro de Guerra, coronel Ramón Herrera. La pugna entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo, la animosidad creciente del bando opositor a Riva-Agüero, la falta de reputación militar de este cuando la suerte de la causa de la Independencia dependía de campañas y batallas, la creación progresiva de un ambiente similar al que provocara la caída de la Junta Gubernativa, la amenaza inminente que significaba para Lima el ejército de Canterac, el influjo que tenía la presencia de las tropas colombianas, el alejamiento del ejército nacional, la aptitud persuasiva de Sucre con su suavidad en el trato, sencillez en las maneras, cordialidad en las actitudes y energía en los propósitos, en fin, las circunstancias predominantes en ese momento anunciaban peligros para la estabilidad del Gobierno. Riva-Agüero llegó a preparar su dimisión el 11 de junio. En el documento que redactó, después de exponer la gravedad del conflicto, decía: “Solamente resta, Señor, que antes que la discordia pueda precipitar en un abismo la nave del Estado, vuestra soberanía la salve, nombrando otro que se encargue del Poder Ejecutivo. Sírvase, pues, el Soberano Congreso admitir la renuncia que hace de la Presidencia un ciudadano que siempre se sacrificará por defender a la Representación nacional, como que le tiene dadas tantas pruebas de adhesión y obediencia”. Gesto tan magnánimo quedó, sin embargo, sin llevar a cabo, pues llegó a su conocimiento que el general español Canterac había atravesado la cordillera en dirección a la capital, con tropas superiores a las que podían enfrentársele. El 12 de junio manifestó Riva-Agüero al Congreso la necesidad de que entre ellos hubiese la mejor armonía y pidió que le fuera designada la extensión de sus atribuciones. La respuesta parlamentaria se concretó a decir que tomara, para salvar a la Patria del peligro, todas las providencias que considerase oportunas en el uso de sus facultades ya por él obtenidas. El 17 de junio los poderes públicos y el ejército evacuaron Lima, de conformidad con lo anteriormente resuelto en una junta de guerra y se instalaron en el Callao. Allí el peligro con el enemigo en las cercanías, la forzada improvisación de elementos y recursos, la estrechez del escenario, fueron un estímulo para la excitación de los ánimos, con menosprecio de la prudencia y de la moderación. El 18 intentó Riva-Agüero disolver el Congreso y nombrar una comisión de siete diputados que, ejerciendo las funciones de un Senado, sirviera como consejo de Estado y propusiese oportunamente la reunión de un Congreso general; los demás diputados serían atendidos con embajadas y otros empleos según su conducta, luces y circunstancias. No encontró, sin embargo, representante que se atreviera a presentar este plan en la Asamblea. Al comprobar que había fallado, escribió Riva-Agüero una carta reservada a Santa Cruz para que mandara hacer una exposición del ejército y actas de los pueblos, expresando que no obedecían a otro presidente mientras no se concluyese la guerra. Una carta de Sucre del 20 de junio expresó: “Todos mandan en el Callao, los víveres escasean y son distribuidos por diferentes autoridades, siendo solo suficientes para cubrir las necesidades de cincuenta días; las municiones y armamentos han desaparecido sin que el jefe encargado de custodiarlas sepa cuál es el destino que se les ha dado”. En la primera sesión celebrada el 19 de junio por el Congreso en el Callao y cuyo quórum había sido fijado en 28 diputados, el presidente de la Asamblea, Carlos Pedemonte, indicó que debía señalarse el lugar a donde podrían reunirse este Poder del Estado, el Gobierno y todos los Tribunales, si pareciere conveniente abandonar también aquel puerto. Sánchez Carrión preparó el proyecto de resolución designando a Trujillo como capital provisoria y estableciendo la creación de un poder militar con las facultades necesarias, a efecto “de que haga cuanto convenga para salvar la República” (19 de junio). El diputado Manuel Antonio Colmenares presentó una adición, que llegó a ser aprobada, para que fuese entregado ese poder militar al general en jefe del ejército unido, o sea a Sucre. Al mismo tiempo, solicitó que nuevamente fuese llamado Bolívar a “salvar el Perú”, lo que también se aprobó, después de lo cual quedó nombrada una comisión compuesta por Sánchez Carrión y Olmedo para que viajara a invitar al Libertador, quien ejercería las funciones de Generalísimo al pisar el territorio peruano y se entendería con los dos emisarios sobre la manera de ejercer el supremo poder militar. El Congreso erigió, pues, frente a Riva-Agüero, la autoridad bélica de dos personas, o sea Sucre y Bolívar. Mientras Sucre se negaba a prestar el juramento de su nuevo cargo y renunciaba la jefatura del ejército unido, Riva-Agüero demoró primero y puso luego tardío cúmplase, el día 24 de junio, a la resolución del 19 de ese mes, y suscribió una protesta en privado ante el ministro interino de Guerra, José María Novoa, el fiscal de la Alta Cámara de Justicia y diputado Manuel Pérez de Tudela y el coronel Francisco Carrillo y Mudarra. Inculpó de lo que ocurría al resentimiento de varios diputados por el cese de la Junta Gubernativa. El presidente de la República había sido privado de un atributo propio del Poder Ejecutivo, al crearse el supremo poder militar; y el juramento prestado por los diputados al instalarse el Congreso y al sancionarse las bases de la Constitución quedaba violado, puesto que dicho poder había sido entregado a un general extranjero. Debía tenerse por nulo el cúmplase al respectivo decreto, así como todo acto, acta, convenio o tratado que apareciera firmado por él sobre este asunto y perjudicando a la República por hallarse, con toda su familia, dentro del castillo de la Independencia, guarnecido con tropas colombianas y a merced de Sucre, por lo que era de temer que abusara de su fuerza (21 de junio).

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