EL PRIMER CHOQUE ENTRE PARLAMENTO Y MILITARISMO
Después
de la jornada de Moquegua, pudo creerse que los españoles recuperarían Lima. De
aquella época es la famosa burla salida del campamento español:
El
Gobierno creado por el “Congresito” se fue, en efecto. Pero no por acción de
los españoles, sino por obra del mismo ejército que contra estos combatía. A la
guarnición de Lima se le debían dos sueldos y los que se les había pagado hasta
diciembre eran, en sus tres cuartas partes, en plata y una en cobre. Sus bajas
no habían sido debidamente reemplazadas. El fracaso en la campaña del sur, o
sea en la primera campaña de Intermedios, hizo temer que las tropas españolas
que estaban en Jauja pudieran apoderarse de Lima y el Callao. “Siendo el
desaliento general en las tropas que guarnecían a Lima y mucho mayor en el
vecindario, no se ocupaba cada patriota sino del modo como se verificaría su
emigración a otro país”, dice Riva Agüero en su exposición publicada en Londres
en 1824. Arenales se negó a encabezar el alzamiento y se alejó del Perú. Con
fecha 26 de febrero de 1823, firmaron en Miraflores una solicitud al Congreso
el general del ejército del Perú, Andrés Santa Cruz; el coronel del W1, Agustín
Gamarra; el coronel de Cazadores del Perú, Ramón Herrera; el coronel de
Húsares, Francisco de Brandsen; el coronel del N.º 2 del Perú, Félix Oyarzábal;
el teniente coronel del N.º 1, Juan Bautista Eléspuru y los jefes Antonio
Gutiérrez de la Fuente, Ángel Antonio Salvadores, Ventura Alegre, José María
Plaza, Salvador Soyer, Eugenio Garzón y Enrique Martínez. Dijeron en ese
documento que la Junta Gubernativa no tuvo nunca la confianza de los pueblos ni
del ejército; que no son los cuerpos colegiados los que pueden obrar con
secreto, actividad y energía, en momentos críticos; invocaron otras razones más
para pedir la designación de un “jefe supremo que ordene y sea velozmente
obedecido”. El nombre de este jefe supremo figuraba en la comunicación: “el
señor coronel D. José de la Riva Agüero parece ser el indicado para merecer la
elección de Vuestra Soberanía”. La creación del tribunal de seguridad para
juzgar los delitos políticos y la ampliación de sus tareas no fueron, pues,
suficientes para impedirlos. El Congreso se sintió sin libertad para deliberar
y adoptó la resolución de contestar por escrito a los reclamantes,
manifestándoles que había aplazado la discusión para el día siguiente porque no
convenía al estado de la tranquilidad pública efectuarla a media noche. Pero al
pronunciamiento militar se unió la agitación pública. Un memorial encabezado
por Mariano Tramarría, encontró muchas firmas para apoyarlo. Otra presentación
fue enviada al Congreso por las milicias cívicas acuarteladas en Bellavista,
cuyo subinspector general era el conde de San Donás, Juan de Berindoaga.
Parecía haber surgido un movimiento plebiscitario. Las tropas se movilizaron el
27 desde sus acantonamientos hasta la hacienda de Balconcillo, a media legua de
Lima. Desde allí una nueva representación, muy cortés en su forma, fue enviada
al Congreso. “La sabiduría y prudencia de Vuestra Soberanía pesará los motivos
que impulsan el anhelo con que aguarda el ejército, el decreto que asegura la
libertad del Perú”, decíase allí. Y agregábase, acaso, irónicamente: “El ejército
protesta, entre tanto, su más profundo amor y respeto a la Representación
Nacional que ha jurado sostener”. Una bulliciosa muchedumbre, azuzada por
Mariano Tramarría, se había reunido en los alrededores del local de la
Universidad en el que sesionaba el Congreso, y apoyaba la acción militar.
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