LAS DIFÍCILES CIRCUNSTANCIAS ANTES DE 1822 Y PRINCIPIOS DE 1823.
“Las
bases que os presentamos (expresó el Congreso a los pueblos del Perú en el
manifiesto de 19 de diciembre de 1822) son los principios eternos de la
justicia natural y civil. Sobre ellas se levantará un edificio majestuoso que
resista a las sediciones populares, al torrente desbordado de las pasiones y a
los embates del poder; sobre ellas se formará una Constitución que proteja la
libertad, la seguridad, la propiedad y la igualdad civil; una Constitución, en
fin, acomodada a la suavidad de nuestro clima, a la dulzura de nuestras
costumbres y que nos recuerde esa humanidad genial de la legislación de los
Incas, nuestros mayores (...) Ved aquí (concluyó diciendo) ¡Oh pueblos del
Perú!, la Constitución que os prepara el Congreso peruano. Ved aquí el lazo
fraternal con que desea uniros estrechamente y el pacto solemne con que os
convida para que forméis un Estado próspero, incontrastable y cuya duración
estará vinculada en la gloria de nuestras armas, en el vuelo de las artes, en
la bondad de las leyes, en vuestros talentos y virtudes y en la fuerza
todopoderosa del espíritu público”. En contraste con tan bellas palabras, el
horizonte de la causa patriota se tornó más nublado y agorero a fines de 1822 y
comienzos de 1823. Continuaban los apuros del Tesoro. Los sueldos de militares
y civiles estaban impagos, a pesar de que se había ordenado el descuento de la
mitad de los que excedieran de cien pesos y se debía elevadas cantidades por
suministros al ejército y al gobierno. Plagas de malhechores infestaban los
alrededores de la capital y aun las calles, lo cual dio lugar a la creación de
un tribunal especial llamado “Comisión de la acordada”, compuesto por tres
individuos de celo y probidad notorios, para proceder en forma sumaria en las
causas de homicidio, heridas y hurto, dentro y fuera de la capital, con
facultad para aplicar la pena de muerte. También se decretó que, después de las
ocho de la noche, nadie pudiera salir a caballo y que todos los vecinos de la
capital estaban obligados a patrullar sus respectivos barrios. Los disgustos
con Paz del Castillo se habían ahondado. Por fin, este jefe pidió pasaporte y
transporte para volver a Colombia. Hubo que hacer gastos y aprestos para
despacharlo y salió del Callao para dirigirse a su patria el 8 de enero de
1823. Fue esta una época de gran frialdad en las relaciones
peruano-colombianas. Cuando llegaron a Bogotá las noticias sobre los sucesos de
Lima de febrero de 1823, José Manuel Restrepo escribió en su Diario político y
militar: “El general La Mar era jefe de un partido enemigo de Colombia que en
Lima llaman de Guayaquil. Los principales eran La Mar, don Francisco Roca y don
Joaquín Olmedo, que emigraron cuando Guayaquil se agregó a Colombia, pues
querían unirle al Perú o hacerle un Estado independiente” (27 de abril de
1823). Las operaciones del llamado ejército del centro, al que Paz del Castillo
debió haber pertenecido, quedaron paralizadas por un tiempo. La deserción entre
los soldados se convirtió en un mal endémico. Algo similar ocurrió con la insubordinación
en la marina. Las tripulaciones de los barcos Limeña y Belgrano se alzaron con
ellos amenazando con entregarse al corso; y si el primero fue recobrado días
después, el segundo se dirigió a Chiloé y luego a las islas Filipinas. A pesar
de todo, al concluir el mes de enero de 1823 estaban por terminar los
preparativos para que Arenales pudiese marchar sobre Jauja. Sin embargo, la
derrota que sufrió la expedición de Alvarado en Moquegua (21 de enero) fue el
comienzo de un cambio en la estructura política del país. La noticia llegó a
Lima el 3 de febrero. En vano, el Congreso autorizó las medidas necesarias para
obtener nuevos hombres y recursos y amplió las facultades de la Junta
Gubernativa (7 de febrero). En vano, también la Junta adoptó contra los
residentes españoles severas precauciones; ordenó un alistamiento general desde
la edad de 15 años; persiguió a los desertores; dispuso que se reclutase para
el ejército por sorteo, la tercera parte de los esclavos de la capital y la
quinta parte de los que residían fuera de sus murallas; sacó plata de las
iglesias; pidió a las provincias víveres y fondos; recogió armas, caballos y
otros elementos de guerra y dirigió a los pueblos una vibrante proclama
patriótica.
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