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    viernes, 24 de noviembre de 2023

    Las dificiles circunstancias antes de 1822 y principios de 1823

    LAS DIFÍCILES CIRCUNSTANCIAS ANTES DE 1822 Y PRINCIPIOS DE 1823.

    “Las bases que os presentamos (expresó el Congreso a los pueblos del Perú en el manifiesto de 19 de diciembre de 1822) son los principios eternos de la justicia natural y civil. Sobre ellas se levantará un edificio majestuoso que resista a las sediciones populares, al torrente desbordado de las pasiones y a los embates del poder; sobre ellas se formará una Constitución que proteja la libertad, la seguridad, la propiedad y la igualdad civil; una Constitución, en fin, acomodada a la suavidad de nuestro clima, a la dulzura de nuestras costumbres y que nos recuerde esa humanidad genial de la legislación de los Incas, nuestros mayores (...) Ved aquí (concluyó diciendo) ¡Oh pueblos del Perú!, la Constitución que os prepara el Congreso peruano. Ved aquí el lazo fraternal con que desea uniros estrechamente y el pacto solemne con que os convida para que forméis un Estado próspero, incontrastable y cuya duración estará vinculada en la gloria de nuestras armas, en el vuelo de las artes, en la bondad de las leyes, en vuestros talentos y virtudes y en la fuerza todopoderosa del espíritu público”. En contraste con tan bellas palabras, el horizonte de la causa patriota se tornó más nublado y agorero a fines de 1822 y comienzos de 1823. Continuaban los apuros del Tesoro. Los sueldos de militares y civiles estaban impagos, a pesar de que se había ordenado el descuento de la mitad de los que excedieran de cien pesos y se debía elevadas cantidades por suministros al ejército y al gobierno. Plagas de malhechores infestaban los alrededores de la capital y aun las calles, lo cual dio lugar a la creación de un tribunal especial llamado “Comisión de la acordada”, compuesto por tres individuos de celo y probidad notorios, para proceder en forma sumaria en las causas de homicidio, heridas y hurto, dentro y fuera de la capital, con facultad para aplicar la pena de muerte. También se decretó que, después de las ocho de la noche, nadie pudiera salir a caballo y que todos los vecinos de la capital estaban obligados a patrullar sus respectivos barrios. Los disgustos con Paz del Castillo se habían ahondado. Por fin, este jefe pidió pasaporte y transporte para volver a Colombia. Hubo que hacer gastos y aprestos para despacharlo y salió del Callao para dirigirse a su patria el 8 de enero de 1823. Fue esta una época de gran frialdad en las relaciones peruano-colombianas. Cuando llegaron a Bogotá las noticias sobre los sucesos de Lima de febrero de 1823, José Manuel Restrepo escribió en su Diario político y militar: “El general La Mar era jefe de un partido enemigo de Colombia que en Lima llaman de Guayaquil. Los principales eran La Mar, don Francisco Roca y don Joaquín Olmedo, que emigraron cuando Guayaquil se agregó a Colombia, pues querían unirle al Perú o hacerle un Estado independiente” (27 de abril de 1823). Las operaciones del llamado ejército del centro, al que Paz del Castillo debió haber pertenecido, quedaron paralizadas por un tiempo. La deserción entre los soldados se convirtió en un mal endémico. Algo similar ocurrió con la insubordinación en la marina. Las tripulaciones de los barcos Limeña y Belgrano se alzaron con ellos amenazando con entregarse al corso; y si el primero fue recobrado días después, el segundo se dirigió a Chiloé y luego a las islas Filipinas. A pesar de todo, al concluir el mes de enero de 1823 estaban por terminar los preparativos para que Arenales pudiese marchar sobre Jauja. Sin embargo, la derrota que sufrió la expedición de Alvarado en Moquegua (21 de enero) fue el comienzo de un cambio en la estructura política del país. La noticia llegó a Lima el 3 de febrero. En vano, el Congreso autorizó las medidas necesarias para obtener nuevos hombres y recursos y amplió las facultades de la Junta Gubernativa (7 de febrero). En vano, también la Junta adoptó contra los residentes españoles severas precauciones; ordenó un alistamiento general desde la edad de 15 años; persiguió a los desertores; dispuso que se reclutase para el ejército por sorteo, la tercera parte de los esclavos de la capital y la quinta parte de los que residían fuera de sus murallas; sacó plata de las iglesias; pidió a las provincias víveres y fondos; recogió armas, caballos y otros elementos de guerra y dirigió a los pueblos una vibrante proclama patriótica.

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